Saber que va a amanecer. Los ojos entreabiertos, el espejo a lo lejos, la cabeza despeinada.
Saber que va a amanecer y no saber que sigue.
El tema son los olvidos. Olvidar el rumbo.
Había dejado marcado el sitio en la vereda donde paré de contar. Tenía que encontrar la marca.
Con paciencia de bordadora miraba el asfalto monótono. La ví! y empece de nuevo a contar, como lo había hecho el día anterior y el día anterior al anterior y el anterior al anterior al de hoy.
Olvidar es algo así como resignarse. Es no recordar, es dejar atrás, es no se, tan solo olvidar.
Pero el olvido no existe cuando no tenés para la leche, ni tampoco califica cuando no hay veneno para las hormigas que castigan el rosal.
Olvidos como estos no aparecen justo antes de amanecer. Los recuerdos siguen, las convicciones no se borran. Apenas entreabiertos los ojos, el espejo a lo lejos, la cabeza despeinada y el maldito sitio donde ayer paré de contar.
P.
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