Desperté pronto y temprano.
No encontraba mi blusa.
Debía salir con tiempo.
Lo hice maquillada, con la boca rojo furioso.
Barrera, ruta, autopista.
Semáforo largo de Márquez donde te atrapan los limpia vidrios.
Por suerte el auto se acomodó en un cordón con parquímetro.
Quince antes de la hora, no esta mal para una muchacha impuntual como yo.
Aproveche y compre fresias amarillas y pensé que llegaría con ellas, las pondría sobre la mesa de ese bar testigo y simularía en silencio el deseo de que alguien me las habría regalado.
Justo ahí frente a los Tribunales de Ituzaingó quedamos. Llega, saluda con una sonrisa amable y forzada. Se sienta, estira los brazos y se deslizan sus mangas hacia atrás.
“Mira chiquita esto es así”, y da su explicación de los hechos, describe las consecuencias de mis actos, hace suposiciones sobre mi futuro.
Yo solo observo y observo y vuelvo a observar. Su boca en la taza de café, sus gestos abusivos, solo observo.
Los ojos le crecen, los dientes se alargan, las uñas se despliegan.
Saca papeles, me pide que los firme. Debía hacerlo, para eso el motivo de mi mañana. Me ofrece su pluma pero saco la mía, es que ya aprendí de ellos algunos trucos, sabés?
Su aliento se incrementa, sus palabras retumban. Las letras de esas líneas se desfiguran.
Aparece una Ferrari absurda en sus ejemplos, habla de estrategias y amenaza con bajarse. Me pide que lo piense.
Yo solo observo. Y observo nuevamente y de repente veo las fresias amarilla que encandilan la mesa, y veo todo lo que no vi en ese momento de bar.
Camino hacia el auto no encontré el kiosco de las flores luminosas. Le pregunté al librero por alguno: "Kiosco de flores, mmm no no, flores podés encontrar en el Havanna, aquí, justo a la vuelta".
P.
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